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Covadonga Fernández Álvarez nació en 1928 en la Majada de Buferrera, en los Lagos, donde su madre Sara, estaba al cuidado del ganado y trabajaba en la mina, lavando el manganeso. Era la menor de cuatro hermanas. Su padre, Manuel, había emigrado a México, concretamente a Puebla. A su regreso durante la travesía, enfermó de fiebre amarilla y falleció muy joven en el pueblo de Mestas de Con, donde vivía la familia. Esta enfermedad era común entre los emigrantes en aquella época provocando muchas muertes. 

Su niñez transcurrió marcada por la crudeza de la Guerra Civil. Con solo ocho años vio imágenes que se quedarían en su memoria para siempre, en el entendimiento de una niña que solo veía penurias y tristeza entre amigos y familia. Recuerda que se refugiaban con todo el ganado en una cueva en Cuestarasa (Mestas de Con) y el miedo cuando, tan pequeña para comprender, escuchaba a los vecinos hablar de cómo Cangas de Onís había sido bombardeada y prácticamente arrasada en octubre de 1937. 

En la posguerra, la gran necesidad que imperaba en su vida provocó que apenas asistiera a la escuela. Se vio obligada a lo que era común en esa época,” servir en casa ajena” a cambio de prácticamente la manutención. 

El tiempo fue pasando y, en sus sueños siempre añoraba buscar una vida mejor. Con solo veinte años y la ayuda de unos familiares logró emigrar a Cuba. La familia cubana le pagó el pasaje a cambio de trabajar allí como empleada de hogar. Embarcó en Gijón con la Compañía Transatlántica Española. Sus primeros años de trabajo fueron para devolver el pago del pasaje, pese a ello, allí vio una prosperidad, que era muy distinta a la vida que había conocido. Actualmente, al recordar ese viaje le viene a la mente la dura travesía, el miedo a lo desconocido de una chica sin experiencias, que dejaba todo atrás, confiando en lo que la vida le ofreciera adelante. Sin embargo, esboza una sonrisa por lo impactada que quedó de la dimensión del barco y del mar, que veía por primera vez y, sobre todo, por las enormes esperanzas de estar buscando su camino.

En Cuba fue donde conoció a un joven, Nicanor, hijo de emigrantes originarios de Romillo (Parres). Se casaron, tuvieron tres hijos y montaron una pequeña tienda a la que ella llama “mi bodeguita”. Esos años fueron felices y prósperos hasta que en 1959 todo cambió, estalla la Revolución cubana y las condiciones de vida se van deteriorando. Ya no podían vender libremente las mercancías y además empezaron a escasear. De repente todo eran exigencias, límites y normas. De nuevo volvía ese miedo que recordaba de la niñez. Solo que ahora era diferente, tenía hijos y no quería una vida así para ellos. Deseaba que fuera distinta, llena de oportunidades y feliz. Entonces en 1965, se vieron obligados a marcharse, dejando sus posesiones y su querida bodeguita, símbolo de sacrificio y constancia.  

Regresaron a España, como ella dice: “con una mano delante y otra atrás”. Tuvieron que dejar a sus hijos con diferentes familiares y ellos se fueron a Madrid. Querían trabajar y ahorrar con vistas a conseguir dinero para unos nuevos pasajes, esta vez a Estados Unidos. Lo cual lograrían en 1967, instalándose en New Jersey. Comienza a trabajar limpiando aviones y su marido en trabajos de mantenimiento. Tiene una nueva vida próspera, y pueden dar una buena educación a sus hijos. 

Cuando  llega el momento de la jubilación deciden regresar a España. Pero la vida no siempre permite cumplir los deseos y pocos meses antes, Nicanor muere de forma repentina. Así que, Covadonga una vez más cambia su destino, considera que su futuro no está sola en España , sino con sus hijos en Estados Unidos.

 En 2024 regresó a España con su hija y nietos para ver de nuevo la tierra que la vio crecer. Como mujer valiente, moderna y llena de vida aprovechó ese viaje para visitar Madrid y Barcelona. Descubrió una España diferente. Volvió a su pueblo Mestas, recorrió Cangas de Onís, los campos donde en su día trabajó, visitó los Lagos que la vieron nacer y a los familiares que añoraba. Les fue contando a sus nietos su vida, la dureza de esos años y las penurias pasadas. En el momento de despedirse no lo hizo con tristeza, lo hizo con la alegría  de haber visto su otra patria. Ahora en 2026, con esa mente lúcida y esa fuerza interior que la caracteriza, ha disfrutado de la boda de su nieto y su siguiente sueño es conocer a los biznietos. Como ella dice: “siempre hay que tener un objetivo y, aunque la vida te lo ponga difícil, hay que luchar con ganas por lo que deseas”. Covadonga tuvo tres patrias ,pero un solo sueño : buscar una vida mejor para su familia.

Covadonga y Nicanor en Cuba
Covadonga y sus hijos en Cuba